domingo, 18 de julio de 2010

Terciopelo azul (1986)


Los primeros minutos de esta película deben ser de los más analizados de toda la obra de David Lynch, y no es para menos porque ejemplifican muy bien las obsesiones que persiguen a su autor hasta ahora y la forma tan radical con las que las ha canalizado en uno de los estilos más trasgresores que se han concebido dentro del cine estadounidense de las últimas décadas: el fondo de azul oscuro en el que transcurren los créditos inciales, que remite no solo a los clásicos del relato policial, sino a alguna fantasía kitsch de Kenneth Anger, es sucedido por imágenes bonitas de algún limpio suburbio de sitcom de los ’60, con Bobby Vinton cantando el tema de fondo, para después ser súbitamente interrumpido, trastocado por lo bizarro que hizo su aparición de no se sabe que rincón de ese colorido mundo ideal.

La cámara se sumerge entre las flores y la hierba de un cromatismo acentuado como haciendo emerger todo lo inquietante,sombrío y depredador que existía en ese universo, y que literalmente parecía haber sido puesto debajo del tapete.
Ahí se encuentran todos los motivos surrealistas y por ende experimentales, con los que Lynch había trabajado hasta ese entonces en sus cortometrajes, en las osadías rupturistas de Eraserhead, en su gran entrada al cine de gran producción con El hombre elefante, y en su recordada aunque fracasada incursión en las megaproducciones futuristas como fue su adaptación de Duna de Frank Herbert, que a pesar de que podría haber cancelado sus coqueteos con Hollywood, significó todo un ejercicio para sus inclinaciones plásticas, llena de resoluciones visuales imponentes, no menos que sobrecogedoras muchas veces.

Pero
Terciopelo azul significó una especie de evolución, o mejor dicho definición, en su cine, lo que a la larga la terminaría constituyendo en una de las películas más originales de los años ’80. A pesar de los malos resultados de taquilla de su película anterior, Lynch contó nuevamente con el respaldo de Dino De Laurentiis para hacer, en pequeño, esta película que partió de meras ideas sueltas y que terminó aparentemente teniendo un guión como especie de homenaje al policial negro. Pero en Terciopelo azul se reúne esa vocación revisionista solo hasta cierto punto, pues no se trata de algo al estilo Chinatown, aunque muchos estereotipos y mecanismos del género estén exacerbados: pesquisas, barrios espaciados que sugieren el misterio, líneas de acción sobre la resolución de un caso criminal, y por supuesto una historia de deseo y pasiones desbocadas, que Lynch presenta tan salvaje como nunca otra en el noir.

Pero todo ello parece haber sido solo el pretexto argumental que tuvo el director para trabajar con su idea del cine como una galería de situaciones que desconcertantes, oníricas, de un romanticismo que se eleva, en la primera impresión, a la categoría de lo morboso y un sentido de lo grotesco de naturaleza pictórica. Es esa Lumberton, ciudad que parece sumergida en la apariencia de Happy Days, la primera en concentrar ese “bestiario” de su autor, definido por la polarización y una siniestra dualidad que se va desarrollando en sus personajes, aparentes caballeros o chicas bien.

En este caso es Jeffrey (
Kyle MacLachlan), el protagonista que irá desmadejando ese laberinto de ruta codificada como en los mejores entramados surrealistas de Buñuel, a quien el propio Lynch le debe bastante (aunque alguna vez lo negó), pero también a la precisión narrativa y la sugerencia abstracta que podía tener a la vez algún plano detalle en las películas de Alfred Hitchcock. Y es a partir de un plano detalle que se abre este retablo: la oreja arrojada en ninguna parte y encontrada por obra del azar en un viaje de regreso que no debía ser si no fuese por un infortunio. Terciopelo azul es una película que transita sobre la idea recurrente de ese lado monstruoso o animal que habita en el ser humano, pero en un sentido una tanto más insólito. Es la pesadilla que ocurre, quizá fugazmente, dentro de un mundo de lógica tan certera como utópica, contaminándola hasta en sus detalles y momentos más diáfanos, para que siquiera por un instante nos topemos con esa otra dimensión o perspectiva de la existencia que se podemos experimentar solo en sueños.

Con esa meta es que las imágenes de esta película pasan de una clásica funcionalidad a inesperados cortes, a menudo trabajos con esa afición de Lynch por las disolvencias, que bien pueden ser apariciones de miradas a ese mundo interior y ambiguo del protagonista, o las manifestaciones externas que lo alimentan. En una puesta en escena tan marcada por esos riesgos, surge de inmediato en el relato la maldad con entidad propia, al menos una en la que gobierna sin disfraces: Frank Booth, interpretado por un
Dennis Hopper en un tour de force que se ha hecho emblemático. Héroe conflictuado con su propia moralidad y enfrentado con esa proyección feroz, corpórea, y vociferante de su secreto imaginario y avidez por una aventura que lo deja con la eterna conclusión lyncheana sobre “el mundo extraño que habitamos”. Y en medio de ambos, la figura de la una dama en peligro, Dorothy Vallens (Isabella Rossellini en el que fue su rol definitivo en el cine), que en lugar de ser una de cuentos de hadas es una que parece sacada de una crónica sórdida al estilo de La dalia negra, o de la era de desenfreno o sadomasoquismo de los años ’60 y ’70 (la escena de la vejación es antológica).

Ese paso marcado a la transfiguración de algunos de los tópicos culturales norteamericanos, se encuentra remarcado incluso en la fundamental música incidental de
Angelo Badalamenti, (compañero creativo de Lynch hasta lo indisoluble) que pasa de la orquestación siniestra y sensual propio de algún clásico negro de la Warner, a cambios jazzísticos que acentúan esa extrañeza nunca desligada de la posibilidad del humor, para después convertirse en alguna pieza de aire progresivo y candoroso como el de algún final feliz de una historia romántica, cosa que finalmente puede terminar siendo esta película. Un paseo por los infiernos del que se sale solo a medias, con la sensación tal vez nunca confesada de haber vivido “en sueños” la certeza de su propia existencia. Blue Velvet

Gracias a: Jorge Esponda

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